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mayo 3, 2026El uso de la fuerza, la fragmentación económica y el rebalance del poder configuran un nuevo escenario internacional, con implicancias crecientes para la política exterior y el desarrollo estratégico de países como Chile.
El escenario mundial enfrenta un proceso de transformación que está reconfigurando las bases de su orden. El debilitamiento del sistema multilateral, el avance de la fragmentación económica y la creciente competencia entre grandes potencias configuran un entorno más incierto y exigente para los países.
En este contexto, el abogado y director del Centro de Estudios Internacionales UC, Jorge Sahd, analiza los principales cambios que están marcando -al parecer- este nuevo orden, así como sus efectos sobre la estabilidad global, los mercados y sectores estratégicos como la minería. Asimismo, aborda los desafíos que este entorno plantea para América Latina y, en particular, para Chile, donde la política exterior y la capacidad de adaptación adquieren un rol cada vez más relevante.
-Usted plantea que estamos frente a un cambio en las “placas tectónicas” de la geopolítica global. ¿Qué está marcando hoy este nuevo escenario?
Las “placas tectónicas” reflejan un orden internacional en tensión, marcado por la relegitimación del uso de la fuerza y el debilitamiento del sistema basado en reglas surgido tras la Segunda Guerra Mundial, donde los organismos internacionales responden crecientemente a los intereses de las grandes potencias.
A esto se suma el cuestionamiento a la globalización desde la crisis de 2008, que ha dado paso a una mayor fragmentación económica, y un rebalance del poder global, con China como contraparte de Estados Unidos, situando a los minerales críticos en el centro de la competencia estratégica.
Factores como la crisis de confianza en la democracia y los cambios demográficos también inciden en esta reconfiguración.
-En ese contexto, menciona la relegitimación del uso de la fuerza y un giro hacia la desglobalización. ¿Cómo están impactando estas tendencias en la estabilidad internacional y en los mercados?
La relegitimación del uso de la fuerza, con riesgos como una eventual nueva carrera nuclear, es una señal negativa. Afecta la estabilidad internacional y aumenta la vulnerabilidad de países más pequeños como Chile, que han encontrado resguardo en un sistema multilateral basado en reglas.
Este escenario, más transaccional y menos normado, eleva la incertidumbre y exige mayores capacidades de adaptación en los mercados globales, incluyendo la minería.
-China aparece como un contrapeso cada vez más claro frente a Estados Unidos. ¿Cómo se está materializando hoy ese rebalance de poder?
China ya no es la de décadas pasadas. Hoy es la segunda potencia económica mundial, principal socio comercial de América del Sur y un actor activo en inversión en sectores estratégicos.
Su avance en electromovilidad y su protagonismo en la competencia tecnológica marcan una rivalidad creciente con Estados Unidos, lo que plantea a Chile el desafío de equilibrar su relación con ambos socios en función de su interés nacional.
-Al mirar el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, ¿qué rol juega la dimensión económica —por ejemplo, el riesgo sobre rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz— en la evolución del conflicto?
Irán ha logrado desplazar el centro de gravedad del conflicto desde lo militar hacia lo económico, ampliando su alcance a nivel regional e incluso global. En este contexto, la necesidad de desescalar está fuertemente condicionada por la urgencia de estabilizar la economía.
El conflicto ya está impactando variables clave, como los precios de la energía, generando presiones inflacionarias y disrupciones en las cadenas de suministro, especialmente ante eventuales bloqueos en rutas estratégicas como el Estrecho de Ormuz.
-Con este escenario más fragmentado, ¿qué implicancias concretas ve para América Latina y para Chile en particular?
América Latina no ha logrado articular una posición común frente a estos desafíos. Predomina una lógica de acción individual, sin acuerdos mínimos, lo que debilita su capacidad de incidencia global.
En este contexto, el principal desafío para países como Chile es gestionar y diversificar sus riesgos, avanzando en una agenda más ambiciosa de acceso a mercados y reduciendo la dependencia de ciertos destinos.
A la vez, se requiere una política exterior clara, que permita sostener la imagen de un país creíble, confiable y predecible, junto con fortalecer la capacidad de anticipación y adaptación en un entorno donde las reglas del juego cambian con rapidez.




